Cuando tenía cuatro años y contaba lo mucho que me gustaba el olor de las hortensias la gente se reía y me decía que no olían a nada. Mi abuelo sonreía y, a modo de consuelo, me decía que la ciudad mata el olfato y que todos en mi familia, menos él, mi tía Horetensia y yo, tenían las narices muertas.
Llegué a imaginar un entierro ¡de narices! donde en vez de flores ofrendaban ambientadores con forma de pino, y en vez de velas el famosísimo ambientador azul de mecha de Stanhome.
Pero para poder ver a mi familia sin rastro de nariz, ya que la imaginación no me daba para todo lo que ellos creían, tuve que ir rasgando todas las narices que encontraba a mi paso por los portaretratos.
Esa tarde cuando relaté, inocente e ilusionada, aquel cortejo fúnebre imaginario, y les mostré la imágen de cada uno tras la mutilación de napias (a mi madre y a mi padre el día de su boda; a mi tía, su encantador marido y sus insoportables hijos el día de la comunión de estos; a mis abuelos, bisabuelos y a todo aquel que viviese dentro de un portaretratos en el salón de la casa de mis padres) no solamente no gustó a nadie (que no fuese mi abuelo, mi cómplice de la infancia) que hubiese hecho ese ejercicio visual absolutamente necesario, si no que incluso el experimento les disgustó hasta la preocupación:
Mi madre dijo: ¡ Dios mío, lo de esta niña no tiene nombre! ¡Menudos disparates se le ocurren! ¿A quien habrá salido?
Mi tía (la hermana de mi madre) : Con esa imaginación va a acabar siendo feísima. Mira si no Gloria Fuertes
Mi abuela materna: ¡No digáis tonterias! Es muy pequeña y muy lista sí, pero no os preocupéis, que en cuanto le gusten los chicos, la imaginación y la inteligencia las usará para cazarlos.
Mi abuela paterna: -Sí ya , claro ,y tú le cargarás la escopeta como se la cargaste a tu hija... ¡Pobre hijo mío en qué nido de arpías se metió!
Y en medio de todo ese alboroto mujeril llegaba, revolotenado con su luz de mariposa, ella, mi tía Hortensia, el hada madrina que pegaba los cromos con mermeladas y caramelo para el flan, que añadía flores a las ensaladas, rellenaba de deliciosa crema amarilla las filloas, y me hacía bocadillos de leche condensada a escondidas. Entraba, sonreía, me cogía de la mano y, señalando con su mirada sus pies en puntillas, me invitaba a imitarla y me sacaba de allí en una suerte de baile mágico que pasito a pasito nos libraba de aquella madeja de lios de suegras y nueras en busca del poder que nunca obtuvieron, y me llevaba a la huerta a recoger pétalos de hortensia que sumergíamos en agua antes de dejarlos a la luz de la noche para poder lavarnos con su perfume al día siguiente.
Mientras dejábamos caer los pétalos en el agua, me decía:
- Pide un deseo. El agua de flores puesta a luz de la noche te lo concederá.
- Que de de mayor pueda ser como tú
- ¿Y cómo soy yo? -preguntaba muy divertida - ¿ Una triste soltera, alocada y salvaje, como piensan tu abuela y tus tías, o un hada divertida como dices tú?
- Eres... buena, alegre, y muy rica porque hueles a hortensias.
-¿Y a qué huelen las hortensias?
- Las hortensias huelen a ti.
Las hortensias me siguen oliendo a ella, a dulzura, frescor, alegría, verano, libertad, comprensión, delicadeza, belleza, luna, agua y sol.
Por aquel tiempo descubrí que para los olores a penas hay matices en forma de palabro que los defina. Así como los colores tiene nombres para cada matiz (azul cielo, azul marino, rosa fucsia, rosa palo, marrón café, marrón chocolate, verde agua, verde pino, incluso verde marujita...) los adjetivos para olores aún están por nacer...
Este verano se nos fue Miguel, un octogenario que hacía posible que en nuestro huerto creciesen los tomates y las verduras como las flores de un armonioso jardín: ordenados cromáticamente, luminosos, saludables, preciosos, deliciosos. Era un gran narrador de historias del realismo mágico gallego que, además de cuidar nuestro huerto, regaba las neuronas de nuestro edén onírico. Para él y para nuestro nuevo asesor de huertas y narrador de sueños va esta entrada.
Se conocían, se querían y discutían sobre el bien y el mal de la agricultura ecológica, Miguel nunca dejó de practicarla, y a pesar de que Ángel lo fumiga todo, un día, (no había pasado ni una semana de la muerte de Miguel) apareció por casa para cuidar su huerto, el de Miguel, no el nuestro, y a la manera de Miguel, no a la suya, lo que nos dijo mucho del amor y respeto que siente por sus amigos.
- ¡Ay, tengo que venir por aquí porque no soporto la penita de que no sepáis cuidarle la huerta a mi amigo!
Esa tarde, mientras seguía sus pasos y hacía lo que el me decía, y él no paraba de hablar, sin apenas respirar y con los ademanes de una vieja de setenta años, comprendí que nuestro huerto se había convertido en refugio para seres solitarios con tantas ganas de compañía y respeto, como de ocuparse de lo que los demás no saben, o no pueden, y de nuevo entregué, con gran placer y admiración, nuestro huerto a otro ser mágico
- Hay que limpiar alrededor de cada pie. Hay que arrancar esas hierbas y capar estos tomates. Trae la regadera, que me dijo Miguel que ese bidón está lleno de ortigas y pieles de ajo y vamos a fumigar esas judías que él iba a hacerlo esta semana y que no quiero que Miguel se nos revuelva en el nicho por una tontería de estas. De revolverse que lo haga porque su nieto se enamora de mí, su nieto o lobezno, que me da igual, que yo lo que necesito es alguien que me quiera y me comprenda – Me dijo de un solo tirón, hasta tomar otra bocanada de aire, justo antes de continuar con más instrucciones y pensamientos en alto.
De pronto, como invadido por la melancolía de la pérdida de aquel viejo amigo, siguió hablando conmigo como si lo hiciese con el muerto. ¡Ay Miguel, nunca se es viejo para morir mientras se pueda seguir cavando la huerta! Te fuiste y ahora a ver a quien le suelto yo mis rollos patateros, nunca mejor dicho…
Yo no podía parar de mirar aquel muchacho de treinta y tres años, de melenas de paja y ojos de río azul, hablando y moviéndose como lo hacía su abuela. Una fotocopia de aquella vieja que hace años me abrió la puerta de su casa en uno de mis trabajos, y que me facilitó, de modo casi milagroso, que se abrieran las puertas de todas las otras reacias viejas que tenía que entrevistar sobre carencias sociales.
- “Mi madre no murió de amor de milagro, ¡De- mi-la-gro! Mira bien lo que te digo: ¡De- mi-la-gro! ( yo no sabía si ahora hablaba conmigo o seguía hablando con Miguel) Mi padre era guapísimo, un tipazo, mi hermana Pilar y yo salimos a mi madre. Los otros cuatro salieron a mi padre. Tan guapo y tan buen tipo y sabe dios lo qué…que mi madre chifló… Es que aquello no era amor…aquello era una enfermedad, no tiene otro nombre más que ¡locura, auténtica locura!”
Así comenzó la primera narración de Ángel, un agricultor tan expresivo como sorprendente, pero hoy no voy a seguir con ella. Dejaré sus palabras para la siguiente entrada, palabras que escribí nada más entrar en casa, tras esa primera tarde de agosto con él. Hoy voy a seguir contando por qué para mí es tan sorprendente el hombre que ha decidido que mi huerto siga hermoso y productivo como lo dejó Miguel.
Para mí es totalmente sorprendente por haber estudiado magisterio y haber abandonado la profesión por aburrirse de padres y compañeros, no de los niños; Sorprendente porque a los dieciocho años ya había conseguido ahorrar dos millones de las antiguas pesetas, arrastrando, desde los trece, cajas en la lonja de cuatro de la mañana a cuatro de la tarde, sin faltar ni un sólo día, para poder conseguir el dinero con el que irse a Santiago a estudiar… magisterio. Por elegir mujeres de más de sesenta años como sus mejores amigas. Por ser un chico rubio de ojos azules de treinta y tres años y hablar exactamente igual, y de las mismas cosas, que su abuela de ochenta. Sorprendente por pasarse las tardes de invierno bordando manteles de hilo y las de veranos embotando conservas, mientras repasa con su madre la vida y afectos de cada uno de sus hermanos. Por pasar los primeros domingos de cada mes de ayudante de una dentista, tan extraña y sorprendente como él, que arregla bocas gratis a los chabolistas que viven en el monte y a todos los inmigrantes sin papeles que se enteran que ella existe. Por cuidar de un hermano que se volvió hermana en la adolescencia, que triunfó en los escenarios y al que lleva manteniendo desde que en Madrid cogió el Sida y perdió sus relaciones y su vida. Sorprendente por llevar criados dos sobrinos desde que nacieron hasta que empezaron a ir a la escuela y haber cuidado hasta la muerte a una abuela y cuatro tías. “Di que hubo poco que cuidar, sólo hacerles compañía, que eran fuertes como yeguas, fuertes, guapas y altivas” Por tener como mayor heroína a su abuela y por guardarle luto riguroso durante dos años. Por no querer comulgar al sentir que no lo merece, dadas sus apetencias afectivosexuales, penadas por la santísima madre iglesia católica y apostólica, que él tanto respeta, y a la vez aconsejar a la residente más mística de la residencia de ancianos en la que trabaja: “¡Qué más sexo y menos amor mujeriña, que el amor sólo, sin sexo, es una tristeza!” Sorprendente por ser el sol que más alumbra las habitaciones de los ancianos de la segunda planta de la Residencia de monjas, de un pueblo en la Ría de Vigo. Por todo lo que siente y hace por la gente: Lava, peina, ayuda a comer, hace manicuras, da mimos y se tumba en la cama de los insomnes para acariciarles y contarles historias que necesitan escuchar: - ¡Ay Doriña, la vida a veces es muy cruel pero otras veces es de risa! ¿Te acuerdas cuando volvió tu marido de comprar tabaco después de quince años ausente? Yo sí, yo era un niño y me acuerdo como si fuera hoy. ¿Y la cara que le echó? Mira que contarle a la guardia civil que alguien le había cambiado la puerta de casa y pedirles que le ayudasen a entrar aprovechando las horas en que enlatabas xoubiñas y mejillones… ¡Quince años tú ahí soliña criando hijos y sin rastro del borceguí ese, que ni llegaba a bota, y luego el muy cabronazo: “Señor guadia, señor guardia ayúdeme, que me cambiaron la puerta mientras salí ahí a comprar tabaco.” Lo gracioso es que el tío no mentía, solo omitía, ¡qué cabrona es la verdad y que puta la mentira! No sé como tuviste valor para aguantarlo, o sí, cómo no he de saber, si de estas historias … ¿quién no tiene una en su propia casa? Mira mi madre si no… Y tú allí plantada, diciéndole al cabo Lamas que no conocías de nada a ese señor y mandando callar las bocas y gestos de las vecinas. Y bien que callaron, que nadie reconoció a aquel tarado durante tres días. ¡Ay qué vidas más intensas y más duras, Doriña, pero qué risa! Para nosotros, los niños, fue una fiesta todo aquello ¿Te acuerdas que tiesa eras? Porque guapa aún lo sigues siendo, que quien tuvo retuvo, y eso del genio y la figura es más cierto que la virginidad de la propia virgen… y ¿sabes que te digo? qué viva la santa que te parió con los ovarios tan en su sitio. Pedazo mujer fuiste y serás por siempre, Doriña. Anda duerme, que mañana no va a ver quien te levante, y si quieres que te deje lavada antes de irme ya sabes que tienes que estar despierta a las siete.
Sorprendente por ser tan joven, tan distinto, con los poros y el corazón abiertos a tantas historias y seguir llevando tantas sonrisas y amor dentro.
Un beso agradecido para todos los que echasteis de menos las historias de mi gente. Espero seguir teniendo tiempo para lo bueno de verdad.
La primera vez que lo vi jugaba con las hijas de Ofelia en la sala de juegos que habíamos montado para las largas esperas en los encuentros pactados.
Las hijas de Ofelia habían sido entregadas por su padre a la hora acordada, el domingo a las siete de la tarde, pero su madre, que nos odiaba, a nosotras y al resto de la humanidad, vendría, como tenía por costumbre desde que la denunciamos por amenazar a su marido con inventarse una paliza y cumplir su promesa, a recogerlas a las once, para castigarnos y reírse en nuestras narices de su poderío sobre la custodia de sus hijas.
Las niñas eran dos seres de una blancura que rozaba la invisibilidad. Rubias, de pelo ensortijado, parecían haber sido abducidas de una peli de Shirley Temple, sin despeinarles ni un tirabuzón, para embutirlas en el chandal de la Barbie megafashion. Se llevaban un año, pero eran como dos gotas de agua, como si una se hubiese rezagado en el útero pero fuesen gemelas monocigóticas. Hasta pisaban el suelo del mismo modo, con la punta de los pies, deslizándose con la gracia de las bailarinas clásicas. De verdad que eran tan idénticas que sólo por los centímetros de altura éramos capaces de diferenciarlas. Eva, cinco años, Elenita, tres.
- Casi cuatro - increpaba ella a quien osase cuestionar su edad.
Esa tarde Javi jugaba y se movía entre las niñas como si fuesen delicadas muñecas de porcelana.
Dos cosas nos llamaron muchísimo la atención: el cómo se anteponía a todos sus deseos y que las llamase por su nombre sin equivocarse.
Si se acercaban a mirar el cuento que él miraba inmediatamente se lo cedía.
-Toma, Elenita, cógelo tú. A mí no me importa.
Si la otra intentaba sentarse en la misma silla que su hermana, él le ofrecía la suya y cogía a la niña en brazos para sentarla.
- Eva, ven que te dejo mi silla.
Llegamos a ver a Javi limpiar con sus cleneex el catarro en la nariz de Eva con tal delicadeza que nos conmovió a todas.
Una compañera exclamó: ¡qué cuidadoso es este niño, qué bien enseñado está!
Estábamos preparando la cena, como si con ello puediésemos conjurar el momento en que inevitablemente habían de romperse las niñas, cuando entro la mamá de Javi a recogerlo.
- Hola cariño - dijo antes de saludar a nadie más. ¿cómo estás mi amor? ¡Hola, hola! -Nos dijo a nosotras para rápidamente seguir hablando con su niño - ¿Lo has pasado bien?
Y de pronto el niño más dulce y sonriente se llenó de sombra. Fue como un eclipse, como una nube negra en un día de radiante verano, como ese momento previo a la tormenta cuando incluso puede respirarse la electricidad. El niño rompió a llorar y entre sollozos le oímos decir:
- Mamá, no me hagas volver más, ahora le pega a su novia.
Se intentó todo para que no tuviese que volver nunca con el salvaje de su padre y… no se consiguió nada.
Ni los testimonios de las profes contando como temblaba y lloraba cuando en el patio los niños se pegaban o gritaban, ni los de su psicólogo, ni los de ninguno de nosotros.
- A él no le toca y es su padre - nos contó nuestra jefa - eso ha dicho el juez.
Esta tarde de Sábado se me ha dado por ir a caminar por el paseo marítimo y allí me encontré con la madre de Javi. Hacía más de tres años que no la veía. Nada más acercarme a ella empezaron a caerle las lágrimas.
- Me contesta, me insulta , y hasta ha llegado a darme una bofetada, luego llora y pide perdón.
Hablaba de su amor: su hijo de once años, que por orden judicial sigue viendo a su padre. . .
La casa de Lola está rodeada por macetas con ciclámenes de todos los colores. Está dentro de una finca llena de viejos frutales de troncos minados por líquenes plata, inmensos magnolios y hermosas camelias de piel suave con muy distintas floraciones. Una buganvilla, convertida en gigantesco árbol, enguirnalda de verde y fucsia la barandilla de piedra de la terraza. Un bosque de pinos y robles duerme su sombra tras la casa albergando escondrijos para conejos, gallinas, perros y niños. Huele a aldea gallega, a niebla desprendiéndose de la hierba gracias al sol de esta mañana de noviembre y a leña húmeda ardiendo en la chimenea. Me sorprendo ante mi deseo irracional de teletransplantar a mi jardín cada uno de esos árboles con todos los cantos de pájaros que llevan dentro. También me sorprendo admirando lo que el paso de los años consigue sobre una tierra bien cuidada y deseando acabar mis días mirando mi huerto así de viejo. Estoy allí porque su habitación es el centro neurálgico de la aldea…e incluso del pueblo.
-Hola, soy Chusa. -Yo soy Lola. -Un placer, Lola.
Su habitación es un gran salón que antes fue un gran comedor donde celebrar fiestas un par de veces al año. Su cama, que recuerda una cápsula espacial, preside toda la estancia. Está situada de tal modo que puede verlo todo: puertas, ventanas, flores, árboles, jardín, mar, cielo, pantallas… y más pantallas. Tras su cabeza dos puertas de madera muy grandes y muy cerradas. Lola mueve una palanca y su silla de ruedas camina hacía mi ofreciéndome asiento.
-Si te da “cosa” pedimos otra silla. - Me da “cosa”, Lola, pero me apetece saber “qué cosa” me da, - le contesto con media sonrisa y embargada de la dulzura que me produce la fragilidad tan desnuda ante la que me encuentro. - Me gusta recibir sola, no me gusta que estén por aquí mientras conozco gente nueva. Luego no me importa, pero es que ya no soy la que era, ya no puedo estar a tanto a la vez… ¡una lata!
Lola está tumbada sobre un edredón de hierbas y piedras de río fotografiadas. Tiene unas facciones hermosamente pequeñas y una piel envidiable. La musculatura de la cara parece haberse mudado hacia su mirada, ahora intensa, penetrante y sostenida sobre la mía hasta el fin de mi visita. Tiene el pelo largo e increíblemente bien peinado para vivir sobre una cama. Parte de su melena está sujeta en un pequeño moño por encima de la nuca, y la otra la deja precipitarse sobre su cuello en rizados mechones, de modo muy sensual y coqueto. Está vestida con ropa china, blusa y pantalón de color verde con dibujos de ramas de cerezo y hermosos pájaros blancos. Lleva los pies envueltos en una suerte de patucos con almohadillas apoyatalones. Huele a jazmín. Lo distingo a leguas porque es el perfume preferido de una de mis mejores amigas, y este olor me incita a sentirme más cómoda frente a ella. Aún habla perfectamente, pero cuando deja de hacerlo, porque se fatiga un poco, la mandíbula se le abre involuntariamente dándole un aspecto de fragilidad infinita. Ya se baba, lo sé porque la veo limpiarse periódicamente. Aunque apenas sea imperceptible a mis ojos, su saliva queda alojada en las comisuras de sus morados labios y ella, que la siente recordándole lo que le espera, procura quitársela antes de que nadie la vea, y lo hace con la finura de quien desliza la servilleta antes de beber un afrutado vino frente a un rey de Bohemia. Mueve sus brazos con mucha lentitud, y de modo un modo extraño, cómo si hubiese extraviado fotogramas con los que sus espectadores perdiésemos la capacidad de ver el desarrollo del movimiento entero. Su cuello ya apenas sujeta su cabeza, por ello sobre los hombros, y por encima de la ropa, lleva una especie de muletas sujetacabeza, que no alcanza, a mi entender, el rango de collarín “homologado”.
-Hoy estás así y mañana asá. No pierdas nunca esta perspectiva. Es lo único que me atrevo a aconsejar con conocimiento de causa. -Es su primera frase dedicada a mi persona sobre lo que le pasa a su cuerpo. - Una inocente visita al oculista... ¡maldita la hora! ¡Nunca vayas al médico aunque sea a por unas gafas! -me dice sonriéndome con sus ojos más que con su boca.- Un análisis de sangre, cuatro pruebas de nada y una sentencia mortal. Pronuncia el nombre despacio, me habla del científico que la padece “cuyos ojos encierran un universo entero” y continúa con el semblante muy serio y con un timbre de voz muy cambiante. - Una enfermedad que en mí avanza como una loca despiadada. La odio, de verdad, cada vez más. - Y sigue hablándome de “la lata” que le da, mientras enciende un Mac con un teclado tan blanco y tan plano que me recuerda a una tableta de chocolate.
Me ha dicho un amigo que Lola es la persona que más sabe de recursos laborales en ese pueblo. Sé que dirige una empresa de páginas web o algo así, pero poco más.
-¿Qué te interesa saber de esta zona? - Me suelta Lola, mientras descorre las cortinas con su super mando a distancia y un chorro de luz se derrama sobre su cama convirtiendo su piel en auténtico nácar. - Pues básicamente los sectores que en esta zona generan empleo… -Intento seguir la conversación, todavía alucinada con todo lo que estoy viendo y sintiendo, aunque en realidad mi educación sea la que me impida preguntarle lo que mi curiosidad me indica: si las partes inmovilizadas de su cuerpo... aún sienten.
-Aquí el empleo para la mujer es precario y temporal. - Continúa Lola - A muchas mujeres llevan años contratándolas y despidiéndolas sin adquirir ningún derecho, pero es lo que hay, ya sabes, supongo… conserveras, bodegas, y hostelería, poco más… de momento. -Dice mientras una chiquilla de veintipocos años, con aspecto de japonesa viene a susurrarle que tiene una llamada de Francia.
- Pois aténdea a ti. ¡ Fráncés, érache o que me faltaba! -Dice en un gallego rápido metralleta que no se como es capaz de pronunciarlo. - E que vou a atender se non sei francés, Loliña? -Preguntáches quén é? -E que voy pregunta se non sei… - insiste la que deduzco será su secretaria ¡Ay que pouco espíritu tés...trae paquí! ¿Aló? “ LLe sui Lola, e vu quén é vu?! Le explica como puede y con un “em pezón” por el medio estilo Tip y Coll que le llame dentro de media hora porque ahora está reunida con una empleada de la Xunta. Cuelga el teléfono y le pide a la chiquilla que vaya a buscar a la hija de Marisa la raposa, la que vive junto al cruceiro, - E que estivo en Suiza e parla francés . - Dice a la jovencita mirándome a mí, para continuar hablando conmigo en un tono que no esperaba ni por asomo.
-Estás aquí porque conoces a Victor, si no no te recibiría, que esto no es ningún circo - me suelta saltándose toda la cortesía anterior.- Disculpa mi brusquedad, pero tienes que entender que para el tiempo que me queda sea una exquisita eligiendo con quien compartirlo. Pero Victor es mi amigo y me dijo que lo que yo te cuente puede hacer mucho bien a muchas mujeres, así que allá voy.
Si tienes que elegir cursos sobre reciclaje laboral para mujeres deberías de empezar por traerte a personas capaces de fomentar la creatividad y el cómo sacarle partido. Talleres de creatividad, formación para llevarla acabo y asesoramiento empresarial. Eso deberían ser los Nidos de empresas y por supuesto no estar ligados sólo a la universidad, ni a las asociaciones de empresarios tradicionales ¿que se creen que los recursos sólo viven dentro de los universitarios o de los que ya son empresarios?. No te va a servir de nada enterarte de que en esta zona la demanda de empleo es esta o la otra. ¡de nada! ¿te crees que eso no lo saben ya las más interesadas…?
Ufff, -dijo mi boca sin pedirme permiso, para todavía eschucharle decir ante mi propio asombro: - ¿Lola, te importa si me descalzo?
Sentí todas las ganas del mundo de soltar mis ataduras con ella, pues desde hacía un mes, que le había dicho a mi jefa esa última frase de Lola aún sabiendo que le importaría un huevo, siento que hago mi trabajo para disfrute personal, pero que poco podré hacer por el “reciclaje” de mujeres en paro.
-Estás en tu casa, guapa, y como si te pones en pelotas… Aquí, cerca hay una playa nudista a la que voy en verano. ¿Sabes como empecé yo? - ¿A qué, a desnudarte? - Le pregunté soltando una gran carcajada. Algo sabía, por eso estaba allí, pero muy poco.
- Serás pendeja... Ya me dijo Victor que me gustarías, que eras de mi misma especie… y así, con ese piropo, que recibí como el mayor de los halagos, abrió Lola para mi sus puertas. Las puertas de madera se abrían tras ella cuando me fijé que un carril en el suelo puede liberar su cama de la quietud y trasladarla cuando ella desea a la habitación que nació tras su cabeza.
-Vamos, es que puede que me ponga a llorar… me pasa muchas veces, y yo lloro, lo mismo que pierdo otros líquidos, delante de quien a mí me dé la gana.
Al entar vi una estancia muy cálida, con techos de friso blanco y una gran galería que da al bosque, y un sofá muy acogedor y cómodo en el que me pide que me siente. Ella incorpora su cama mucho más y comienza a contarme:
Me casé a los veinte años, tras abandonar mis estudios de enfermería para poder cuidar a la que aún no era ni mi suegra, y toda mi vida la dediqué a cuidar suegros, padres, e hijos y como único hobby llegué a tener el arañar la tierra para quitar cuatro tomates y cuatro almejas, mientras esperaba, día tras día, que mi hombre volviese a casa al menos un mes al año… y no se marease demasiado en tierra. Hace seis años, cumplidos los cuarenta y tres, me diagnosticaron esta enfermedad y tuve una única necesidad: sentirme viva y a ser posible independiente. Pero poco a poco me di cuenta de que sin lo segundo lo primero no me parecía vida. Necesitaba tomar decisiones sobre como vivir el tiempo que me queda y no sentirme atada a nada, ni a nadie que me lo impida. No soportaba la idea de que “mi hombre” (en Galicia al marido se le llama meu home) siguiese junto a mí por responsabilidad o pena. Sólo acepto tener pareja porque me ame y le ame, lo otro en el mejor de los casos podría ser amistad, cariño, solidaridad, pero para eso se tienen otras relaciones y no a un marido. Pero además, el choque contra mi realidad fue tan brutal que cuestioné toda mi vida hasta ese momento, y me di cuenta que la no sabía si quería seguir con mi marido era yo…porque en realidad no quería seguir con casi nada de lo que había tenido hasta entonces. Supuestamente lo amaba mucho, vivía para él y nunca me había imaginado nada que hiciese tambalear nuestras cuatro paredes, y menos una enfermedad tan incapacitante. Una noche, mientras me llamaba su amor y me juraba que siempre cuidaría de mí, sin saber por qué, salieron disparadas todas mis penas de mujer de marinero que cuida a su familia en tierra y se siente abandonada por su amor. Me juré a mi misma que no moriría sintiéndome así, porque la sensación que tenía desde hacía años era la de estar enganchada a un mal vicio, por mucho que el mundo me contará que era un pobre trabajador. Y en ese justo momento tuve la primera certeza de mi vida: seré libre y haré lo que quiera y pueda con mi vida. Es curioso, la certeza me invadió de ganas como antes lo había hecho el enamoramiento. Me apunté a cursos ofertados por el INEM de informática, otros de contabilidad, y de no se cuantas cosas más sin saber muy bien que quería hacer y, sobre todo, escuché una y mil veces eso de “a dónde piensas llegar contra la gran preparación que tiene ahora la gente joven y estando como estás tú”. Mientras pude caminar, durante dos años, acudí a un montón de cursos sobre programas de ordenador: diseño gráfico, maquetación, animación, y todo aquello que ni sabía que me gustaba y que se daba cada vez mejor. Al año y medio ya había hecho no sé cuantas páginas web para los amigos y vecinos, y lo mejor de todo, había sorprendido a todo el mundo con mi creatividad desbordante. Resulta que yo era creativa y ni lo había imaginado…(gran carcajada) El día de Navidad, cuando conté a mi familia y amigos que quería dar el salto empresarial empezaron a lloverme consejos. “Todo el mundo hace páginas web, no vas a encontrar mercado” -dijo mi cuñado. “Eso es muy difícil, te vas a desilusionar y va a ser peor para tu enfermedad,” -dijo mi madre. “Esta bien que te entretengas, pero empeñarte en sacarle rendimiento económico te va frustrar mucho, mejor que te busques otra meta” - dijo mi marido. “No le digáis eso a mamá, necesita mantener una ilusión, qué más os da” – dijo, sin creer en mí, mi hija mayor. - ¡Joder!, dejarla en paz, es su vida y que haga con ella lo que le de la gana. Siento pena por todos vosotros porque no creéis en ella y eso significa que no la conocéis de nada. Mamá es capaz de cualquier cosa, incluso de seguir feliz si fracasa en el empeño. - dijo mi hija pequeña.
Fue mi mejor amiga la que buscó por Internet ayudas de la administración para empresas que querían empezar a venderse en la red, y la que me trajo la posibilidad de esas subvenciones. Así que empecé a llamar a empresarios locales (al de la serrería, al de las puertas de aluminio, al de las gaseosas, etc) para gestionar la subvención y cobrarles exactamente lo que les daba la Xunta.
-A ti te sale gratis y yo lo hago todo, qué más te da, o quieres quedarte fuera de Internet, que hoy en día es lo mismo que no existir” Fai o que queras, me dijo alguno...(gran risa) Así empecé con la gente de por aquí. Como no tenían ni logo, pues hacía logos, como no tenían sobres ni tarjetas, pues imagen corporativa, y de boca en boca no paraba de sonar mi móvil. Así llegué hasta aquí, con seis empleados y mucha satisfacción. Además hay un montón de personas del pueblo que han encontrado trabajo en las empresas de mis clientes.
Fue la necesidad de hacer con mi vida “lo que YO PUEDA, no lo que A OTROS LES PAREZCA APROPIADO lo que me trajo hasta aqui” ¿Qué me esperaba si me hubiese dejado llevar por lo que era “lógico” y “razonable”? ¿Joderle la vida a mis hijas como me la jodieron a mí? ¿Morir desesperada por ver como se me escapa la vida sin haberme sentido a gusto conmigo? Ya no quiero vivir así. Y hora ya ves… tengo una empresa, doy trabajo a la gente, ayudo a los demás a encontrarlo y lo paso bien. Ahora mismo dos de mis clientes necesitan un veterinario y un técnico de sonido y creo que ya se los encontré.
-No hay día que no llore por mí, Chusa. - me dice enjuagándose las lágrimas - Me muero de miedo y pena por tener que irme tan pronto, pero por primera vez me gusto y me gusta mi vida, y eso es impagable. Llega un momento que sólo te puedes agarrar a lo que eres y debes luchar por ser como tú deseas ser.
-¿Sigues con tu marido? Le pregunto acariciándome un pie.
-Sigue aquí, de vez en cuando, como siempre, un mes en tierra y una vida en el mar, pero ya no es mi marido, él ya lo sabe aunque se emperre en seguir diciendo que soy su mujer. Ahora lo que tengo es un amante… por Internet. - Me suelta sonriendo del modo más coqueto que podáis imaginar.- Decían que me lo inventaba, nadie me quería creer, -sonríe- pero lo amo como nunca amé a nadie, como si fuese mi primera vez. Ya estuvo en casa, pero le dio un brote y no podrá volver hasta sabe dios…Ahora soñamos juntos con su vuelta, para poder irnos juntos también. No sé si será posible, porque yo ya le he puesto un límite a mis días…me he puesto un tope de incapacidad, tengo todo preparado ya... pero le estoy preparando otra cama junto a la mía y espero que tengamos algún tiempo para disfrutar de nuestra piel. ¡Ay cómo lo amo! y sonríe sin parar - ¿Sabes, Chusa? Esta enfermedad no me priva de la conciencia ni de ningún otro sentido, y del que menos del tacto… Ahí vuelven las niñas, ¡vámonos de aquí!
Lucía, su secretaria, y Marisiña, entraron en la habitación en la que recibe Lola. Marisiña viste de chándal rojo de terciopelo y atado sobre este un mandil de cocinar. Lleva el pelo corto peinado con mechones de punta rubios, castaños, y malvas. - Ola Marisiña! senta por ahí. Lucía, ofrécelle un café. E qué non sei si non térei que contratarche de traductora de Francés. - ¡Ay non sabes que alejría me das! E que estou hasta o cú de tanta casa… O que sexa Lola, que eu con andar a tua beira xa che son feliz… - ¿Viches que guapiñas andan as rapazas de equí? -me dice Lola toda orugullosa- E que animamos a Rosa, a peluqueira, a que se reciclara…porque non lle iban as mozas a peinarse alí ,e agora andan todas que parecen abubillas. -Loliña, dice Marisiña, a Rosa mandáchela ti a Barcelona , non te quites o mérito.
Suena el teléfono y es Rosa, la peluquera, para decirle que mañana toca tinte y manicura y que a qué hora le viene bien. - Ay dios mío, no me despeino y ya me quieren peinar...se queja Lola hinchando el pecho como un pavo.Eso sí tengo unas uñas preciosas.
Su empresa tiene nombre de sueño increíble (no lo voy a revelar). Tiene seis trabajadores, incluida su hija pequeña. Fuera de sus amigos, vecinos y su familia, nadie sabe nada de su condición física. Todo lo hace por teléfono y por Internet.
-Lola, dime algo que te apetezca mucho y que yo te pueda traer… -Traéte tú , no necesitas ninguna disculpa para volver…
Me fui de aquella casa sabiendo que no podría dejar de volver, claro que si. La semana pasada regresé a llevarle una compota de higos que me regaló otra increíble mujer. Esa tarde conocí a muchas personas de su familia, entre otras a su hija mayor, que “por culpa” de la enfermedad de su madre lleva tres años sin poder estudiar, ni trabajar, y mendigando amor a un novio agotado. Lola le ha dicho al muchacho que cerca de Oporto un nuevo amigo suyo necesita un veterinario…
- Es que me da una pena este chaval… ¡dios mio, cuantas cosas hice mal! - me dice mirando a su hija.
Victor me cuenta que pasará con ella la Navidad, también me cuenta, con su permiso, el momento en que Lola tiene decidido parar: el día que sus manos dejen de responder a sus órdenes, ella... las abandonará.
-¡Percebeira!, así me llama Antonio, un viejo lobo de mar que conocí el primer año de caer por estas tierras, cuando yo era más cabra y más alcohólica, y creía poder hacer lo mismo que los percebeiros da costa da Morte. - Vengo a verte, para ver si puedes ayudar a un amigo mío, ahora que estás na Xunta, é que eres unha autoridade. Risas, carcajadas, abrazos y besos, por la alegría que experimento cada vez que veo aquellos ojos oceánicos desde donde asoman todas sus mareas en perfecto equilibrio. De la bajamar a la pleamar como del dolor al gozo. La sabiduría en estado puro atrapada en un ser capaz de asumir todos sus estados intermareales. Por ello, y por la gracia que me hace que él siga confundiendo cualquier despacho con la Xunta, y a cualquier empleaducha, como yo, con una autoridad me conmuevo solo de evocarlo. -Es un gran amigo, tiene un problema muy gordo y va a venir a verte. Como había llegado a la una del mediodía me fui con él a comer “a una hora decente” a una taberna del casco viejo, donde todavía hacen caldeiradas del pincho, frente a un bar de putas, en el que lo dejé a las cuatro y media de la tarde cuando a mí me llegó la hora de ir a buscar a mi niño y a él de echar la siesta. –Me gusta abotargarme entre los pechos de una dama mientras esta me acaricia, pero si no hay damas que haya… señoritas. Allí lo dejé sonriente y cariñoso, en un viejo y tenebroso bareto de cortinas y luces rojas, buscando la dulzura de unas tetas donde dormitar la caldeirada, antes de volver a la estación a coger el autobús que le devuelva a la soledad de su casa. Antonio daría para otra entrada y para un libro entero, como Manuela, mi madre adoptiva, con la que me encontré a los veintitrés años frente al mismo mar que había encontrado a este viejo marinero.
Dos semanas después de esta visita llamó a mi puerta Elena, una funcionaria de esas que no saben tratar con nadie, pero que es tremendamente exquisita en las maneras. - Hay un señor en el pasillo que dice que viene de parte de Antonio el bicho – soltó haciendo un gesto tal, que parecía como si el bicho fuese a picarla. - Ah, muy bien, ya voy. - dije levantándome de la silla. A Elena le molestaba increíblemente que me levantase a recibir a mis visitas al pasillo, le parecía que educaba mal a esas desagradables personas que ella tenía que soportar en las esperas.
Al final del pasillo junto a la frontera que supone la mesa de Elena para nuestras visitas, la elegancia de un hombre de unos setenta y muchos años se estrelló contra mis expectativas. No sabía que las tuviese, ni que hubiesen hecho ningún retrato, pero no imaginaba a un caballero así como amigo de Antonio. Hacía muchos años que no veía a un hombre de una elegancia casi poética. No era muy alto pero era de porte erguido y esbelto. Vestía un abrigo de paño gris y un traje príncipe de Gales que parecían que hubiesen nacido en su percha. Me llamó mucho la atención lo bien que le quedaban las camisa y la corbata negras En la mano sujetaba un elegante sombrero de fieltro. Olía muy extraño, por lo femenino que resultaba, pero muy rico. - Hola, supongo que usted es Don Manuel. - Efectivamente señorita, yo soy el amigo de esa gran persona que es Antonio. - Pues encantada de conocerle. Al entrar en mi despacho y verle a él a punto de escapársele un gesto de repulsa que contuvo con disimulo, me di cuenta que olía a tabaco que apestaba. Le pedí disculpas y abrí la ventana. Era noviembre, y aunque el aire era húmedo y frío, el olor a mar entrando por la ventana ayudó a que me situase en el mundo de Antonio y Manuel, preguntándome qué tendrían los dos en común. Yo, aparentemente, tampoco tenía nada en común con el viejo marinero y sin embargo somos muy amigos. Después de cinco minutos de situarnos los dos como satélites coincidentes en la órbita de Antonio, caí en la cuenta de quien era él: El farmacéutico al qué nunca había conocido pero que me había curado el eccema que me salió en la frente cuando llegué a esta tierra. Antonio no me había dicho quien era, para que él se sintiese libre de venir o no venir, solo me había dicho que se llamaba Manuel y que antes de morir quería arreglar sus asuntos y necesitaría de mi ayuda. Yo ni me había preguntado qué podría hacer por él, porque no tenía la menor duda de que si Antonio me había elegido a mí, a pesar de no enterarse jamás de cual es mi trabajo desde que dejé la enseñanza, algo tendría yo que pudiese ser útil para su amigo.
Don Manuel, el farmacéutico, sentado frente a mi, bañado por las diminutas motas de polvo que mostraba los rayos de sol de aquella mañana de otoño, comenzó a narrar el porqué de su visita:
- Mire, hija, si Antonio dice que usted es la persona más indicada yo no albergo ninguna duda, ninguna, sólo siento pudor, pero tendré que sujetarlo. -dijo con una voz muy suave y con la mirada perdida, posada aquí y allá pero sin fijarla en ningún lugar.
- Moriré pronto, tengo metástasis por todas partes, la próstata, sabe usted… Nadie puede decir cuanto me queda, pero no quiero irme sin resolver mis asuntos. De pronto su ojos buscaron los míos e implorantes dijeron: - No sé por donde empezar… - Pues por donde usted quiera, don Manuel, no tenemos ninguna prisa. - Le dije repanchingándome en mi silla, sonriendo con la dulzura que proporciona la certeza de saber que ese hombre iba a entregarme un gran regalo. Y entonces el hombre se desbordó: - Llevo casado con mi esposa desde los veintiseis años. Me casé tarde para la época, pero es que había estado enamorado de su hermana desde los quince años. Cuando mi novia se murió cometí el error más grande de mi vida queriendo encontrar consuelo en aquella casa, en aquella familia, pero es que necesitaba, de algún modo, seguir prendido en ella. Su habitación seguía intacta, la locura de su madre se alío con la mía, conservando sin mancillar su ropa, sus perfumes, sus tarros de cremas, sus libros…y mis sueños de joven enamorado. Allí seguía su presencia como en ningún otro lugar de la tierra. Si cerraba lo ojos podías sentirla...- me contaba mientras los cerraba, pero en un segundo volvió a abrirlos y continuó relatando:
- Nos casamos con el beneplácito de las dos familias en cuanto mi madre me puso al frente de la farmacia. La quise siempre, y creo que incluso, por momentos, llegué a pensar que la amaba, pero fui terriblemente injusto con ella porque Aurora, nunca llego a ser Clara, porque nunca daba la talla. La desgracia la trajeron mis labios dormidos llamando a mi amor en la madrugada. Desde esa misma noche, en que la desesperación se apoderó de todos sus actos, me refugié en mi trabajo, en los estudios, y en los amigos, pero ella no tuvo en qué, ya que nunca se interesó por nada que no fuese hacerme daño. Su carácter la llevaba de la dulzura a la ira y del amor al odio y … a las sustancias, a las que tenía acceso cuando yo no estaba . A los cuarenta y cinco años, estéril de matriz y alma, y muy a mi pesar, tuvimos que ingresarla en “una clínica de esas para templar los nervios". Después del tratamiento viajamos a Francia, a Portugal, y a Inglaterra, pero por más que lo intentásemos era imposible alcanzar la mínima felicidad. La culpa que sentía por no amarla me hacía soportar todos y cada uno de sus desvaríos y la rabia que ella sentía hacia mí la vivía como una condena justa, irremediable y eterna.
Soy católico, señorita, mis creencias me impiden la separación y esas cosas que ustedes hacen ahora con entera naturalidad, que no digo yo que sin sufrimiento, pero yo no pude, ni puedo, y no porque no sufriese lo indecible, si no porque creo en dios y en todos los mandamientos de la santa madre iglesia. Moriré casado con ella, cumpliendo con dios y con la iglesia, pero sintiéndome un mal cristiano por haberla engañado durante tantos años…pero es que ...si no lo hacía mi vida no hubiese sido vida.
Le ofrecí agua, y el hombre la cogió con sus delgadas y pecosas manos de anciano tembloroso. - Mire usted, en el setenta y cinco, el mismo día que murió Franco, yo firmaba la compra de una casa en el centro de Santiago. De lo que hacía con nuestro capital no daba cuenta a nadie, sólo me dejaba asesorar por el habilitado que había gestionado los bienes de mi familia desde que había muerto mi padre, pero a este señor no le tenía ningún aprecio, por las discusiones de rácano que había vivido mi madre. Así que de la compra no se enteró nadie. A la semana siguiente me entregaron las llaves y entré en ella pensando en arreglarla un poco y en arrendarla a estudiantes. Una manera de sacar renta a mis cuartos sin usureros por medio. Un bajo, y dos pisos de noventa metros, de altos techo y grandes ventanales, con galería y vistas a la catedral. Esa primera tarde me senté en un butacón de terciopelo granate que habían dejado allí los anteriores inquilinos, y mirando sin ver como el cielo gris llovía sobre la piedra, sorprendentemente, me encontré llorando. No había vuelto a llorar desde que el dolor por Clara me había secado. No supe que hacer con mi llanto, con mi pena, con mi vida tan gris y tan vacía, pero me descubrí yendo a sentarme en aquel butacón día tras día. Así, de ese modo tan “natural”, dejando a mi cuerpo caminar hacia donde él quería, arreglé la casa entera y llené, a escondidas, mi vida. Sin saber cómo ni por qué, quizás por ser el más recogido, o simplemente porque en él estaba el butacón, me quedé con el primer piso. Llquilé el bajo para taberna y el ático lo arrendé por habitaciones a multitud de estudiantes que pasaron por la Universidad de Santiago. Todas las tardes de mi vida las pasó allí, a solas, con mis discos, con mis libros, o en silencio total escuchando las conversaciones que salen de la taberna o de los muchachos del ático. Durante años, mientras vivimos en el pueblo, cogía el autobús de las tres y regresaba en el de las ocho y media. Luego me compré un coche sólo para poder escaparme cuando me viniese en gana. Dejé los estudios, las partidas, los amigos y me entregué a mi vida privada. Música, libros, sonidos, soledad y como única compañía una jaula llena de jilgueros. Llego allí cada tarde, después de las cuatro, dependiendo del tráfico, me pongo la bata, las zapatillas y pongo mi música, poco más hago allí, nada que no pueda saberse, pero allí guardo todo lo que de verdad soy, señorita.
Mi cabeza iba más rápida que su relato imaginando historias afectivas paralelas a su vida pública, cuando le escuché decir: - Jamás estuve con ninguna otra mujer, porque soy católico,y casado , y sobre todo, porque sigo amando a Clara. Otro vaso de agua y al fin decidió pedirme lo que quería. - Antonio es la única persona que me conoce en mis dos vidas, y él me ha sugerido que venga a pedirle que sea usted la que se encargue de vaciar mi piso cuando fallezca. Dice que con su discreción y naturaleza podré cumplir mi último deseo: que nadie revuelva, ni juzgue mi vida, y que mis cosas puedan servir para algo. Antonio dice que casi todo lo que yo poseo a usted le gustará. - Eso no puedo hacerlo, don Manuel, cómo voy a ir a su casa a hurtadillas de su señora a llevarme cosas de allí… - ¿Por qué no, si yo lo dejo escrito?, ¿Te importa que te tutee?, - Por supuesto que no, como usted se sienta más cómodo. - Te dejo todo lo de mi casa para ti, para que hagas con ello lo que consideres oportuno, también te dejaré dinero para que no te produzca ningún gasto innecesario. Cuando se enteren de que existe la casa ya te habrá dado tiempo a saca todas mis cosas y a que mi mujer no se enteré que la engañé.
Lo acompañé hasta la salida del edificio, y lo vi alejarse en el taxi con mis besos puestos todavía sobre su frente, me dijo adiós con la mano y ya no lo volví a ver vivo nunca más. Quise hacerlo, pero no llegué a tiempo, su tiempo y el mío transcurrían a distinto ritmo…
Antonio me llamó por teléfono, era miércoles y la mañana siguiente tenía una reunión en Santiago, así que pensé que su amigo además de elegante era oportuno. A las doce del mediodía había terminado de reunirme sin apenas haberme enterado de nada. Llovía horizontal y desagradable, pero bajo soportales fui caminando hasta la misteriosa casa de Manuel. La taberna que está en el bajo es uno de esos maravillosos restaurantes de Santiago con una ventana escaparate en la que mariscos, empanadas y botellas de vino invitan al apetito. Abrí el viejo portal y entré en la casa, que imaginaba decadente y antigua, y aunque ya en el descansillo me resultaron muy chocantes las dos fuentecillas que regaban los juncos, fue cuando subí las escaleras y abrí la puerta cuando casi me caigo para atrás: Japón se había instalado en aquel piso. Paredes de papel de arroz, fuentecillas, piedras, plantas y muebles de una simpleza y belleza exquisitas. Las luces, tan difuminadas por el papel de arroz en lámparas y paredes bañaban de una tranquilidad casi perfecta toda la casa. El único elemento occidental y casi hiriente, de toda la vivienda era el viejo butacón granate dispuesto para poder mirar la catedral. Cuando fui hacia él me di cuenta que había un sobre con mi nombre. Lo abrí y dentro encontré algunas instrucciones, entre otras que le diera al botón de play del increíble aparato de música. El dueto de las flores de Lakme inundó la estancia con su delicada despedida. Lloré, lloré con la misma fuerza que llovía sobre Santiago, sentada en el butacón donde el había vivido la vida elegida, no la otra. Comprendí que en aquel piso Manuel había logrado su paz. Me había dejado escrita la historia de cada uno de los pocos objetos que allí tenía con la fecha en que lo había redactado, comprobé que sólo hacía una semana que había dejado de ir, y me sentí una estúpida por no haberle acompañado mientras lo hacía, no culpable, si no tonta del culo por perderme su compañía. Los tarros, botes, botellas, las básculas y otros maravillosos objetos (que francamente estuve muy tentada a poseer en privado) los doné a la facultad. Sus libros y discos, que no eran muchos me los quedé, como las fotos de Clara y el perfume que él le hacía, que sobre su propia piel resultaba tan extraño. Entre las cosas que yo me quedé están las fotos de Clara y su perfume, las plantas, las fuentecillas de piedra y las lámparas de arroz que inundan de la paz de Manuel mi casa, pero lo más hermoso que encontré en aquella casa fue la jaula de los jilgueros, con la puerta abierta y ellos dentro negándose a abandonarla.
Más tarde viendo esa maravillosa serie que es a dos metros bajo tierra, soñé encontrar el piso oculto de mi padre antes de qué se muera…
Vi la sombra de una mujer de unos sesenta años colándose entre la puerta de cristal y el marco. Los sesenta se los eché por el pelo y los andares, pero me equivoqué, porque debía de tener ochenta por lo menos. Abrió la puerta y sus ojos me lo dijeron todo, pero fueron sus labios los que tomaron posesión de mi despacho. Ellos y su mirada fija sobre mi pisapales de ambar, que contenía aquella frágil flor de diente de león como flotando, fueron los me que dejaron muda. Cuando acabó de hablar me fijé que sólo habían transcurrido diez minutos...
- Era una mañana de octubre, como cualquier otra, sin embargo los pájaros parecían estar tan alborotados como en primavera. Mi padre siempre decía que las estaciones a destiempo vuelven locos a los seres vivos, sólo que los humanos, embutidos en las ciudades, ya no nos damos cuenta. Pero cuando él era joven, y los pueblos aún no se habían quedado vacíos, la gente se enteraba de esas cosas y tomaba precauciones. No sé si fue mi intuición, o mi propio padre avisándome dentro de mi cabeza. Desde que había fallecido se había vuelto tan hablador que en ocasiones tenía que pedirle que se callase para que no me volviese loca...
Es que usted no sabe, doctora.
-Disculpe, pero yo no soy doctora, se ha equivocado de puerta. - ¡Si hombre sí!...porque lo diga usted. Estoy harta de que me digan lo que no quiero oir. Le decía - continúo como si la realidad que la habitaba no traspasase su piel ni por un instante- el cambio que pegó desde su fallecimiento. Antes apenas me hablaba y ahora me lo cuenta todo, así que cuando comenzó a hablarme de locas que están ahora las estaciones y la maraña de consecuencias que esto supone a la naturaleza, supe que algo extraño e impactante ocurriría en mi vida esa mañana. Es que mi padre, desde que murió, adquirió algún tipo de videncia, y aunque no sepa adelantarme acontecimientos sí sabe ponerme en guardia. Supongo que si nunca te has entendido bien con alguien, por mucho que se muera no vas a conseguirlo.
Era 3 de octubre, lo recuerdo porque ese día nació la madrina de mi sobrino, y yo estaba preparando una tarta para agasajarla, cuando a mi padre se le dio por gritarme que mirase lo locos que andaban los pájaros en nuestra terraza. Tuve que darle la razón cuando descubrí a un gorrión comiendo la carne de garganta de vaca que tenía enfriando en el plato del perro, y a otro arrancándole pelos a la lacia y brillante melena de una muñeca de mi sobrina. Pensé que querría aquellos sintéticos hilos para trenzarlos en su nido, y no me preocupé, pero lo del gorrión carnívoro intentando sacar tajada de aquel singular trozo de carne... he de reconocer que me erizó cada uno de mis pelos. Me disponía a acicalar los geranios, limpiándolos de sus mustias y muertas hojas, cuando un gato, canela y algodón, girando en el aire, pasó ante de mis ojos cayendo a cámara lenta. Me miró con ojos preocupados, como los míos si estuviese cayendo desde un sexto piso - mínimo, porque el mío es el quinto - y fuese llevando la cuenta de las vidas que me quedan, mientras el suelo cada vez se acercase más a mi cuerpo. Pero lo peor no fue eso, tras el gato vi caer a aquella mujer tan rara y con la boca tan abierta. Aunque usted me dirá que normal que la llevase abierta si iba cayendo al vacío y gritando horrorizada. Pero eso era lo más extraño, ni gritaba, ni tenía cara de horror, pero sí que llevaba la boca muy abierta. Su cuerpo era extraño también. Daba la sensación de ser una mujer gorda pero no lo era, porque le juro que vi como el viento, por un momento, no solo frenó su caída, si no que consiguió elevar aquel cuerpo, cambiando la trayectoria de esta. Su piel con el sol de esa mañana brillaba como un globo de feria. Su ropa, aunque ordinaria: lencería negra de la barata, era más acorde con el contexto de recién levantada que el resto de su fisonomía tan acicalada. Labios rojo casi fosforito, mejillas que parecían pintadas a brocha y…muy ordinaria. Supongo que por la complejidad de la escena en la que me encontraba inmersa, invadida de los pies a las pestañas por la sorpresa, pero no recuerdo escuchar ningún golpe contra el asfalto, ni el del gato, ni el que tendría que haber producido la mujer estrellándose contra el suelo. Hasta que vi volar aquella maleta plateada y plana, que luego me dijeron que era un portatil, el sonido había dejado de exisitir, ni siquiera escuchaba la respiración de mi padre. El ordenador fue lo que me hizo recuperar la memoria acústica, ya que mientras el artefacto se estrellaba contra un coche, en mis oídos iban estallando gotas que encerraban el sonido de cristales rotos, hasta que explotaban dentro de mi como una lluvia, permitiéndome entonces volver a escucharlo todo: Los gritos e insultos, la carrera escaleras abajo y los golpes contra mi puerta. Mi padre me alertó: -Coge mi escopeta. ¡Cógela!- gritaba. En situaciones que me paralizan siempre obedezco las órdenes sin rechistar, ni cuestionarlas, no me da tiempo, mi cuerpo las sigue sin que yo pueda hacer nada. Tenía la escopeta de caza en mis manos y un miedo sin nombre haciendo temblar mis entrañas, sudaba frío y mareante y mi lengua parecía haber crecido tanto que no me cabía en la boca y no hacía mas que frotarse contra mis labios, cuando escuché aquella voz aterrada. ¡Abráme! por favor- gritaba aquel hombre desesperado. ¡Ayúdeme!- gemía horrorizado. Abrí la puerta cuando a mi cerebro llegó aquella órden tan clara: ¡Abra la puerta de una vez!. Al hacerlo vi su rostro desencajado y su cuerpo desnudo y manchado. Olía fatal, olía a mierda mojada. Mi padre grito: Dispara, y yo por primera vez en mi vida, desde que tengo conciencia, no obedecí una orden dada estando yo tan descolocada. Mi padre me llamó zorra, puerca, salida, cerda, porque yo comencé a obedecer a mi vecino, y él, desde que dejó el mundo de los vivos, se había vuelto un inquisidor y un obsceno. - ¡Llame a la policía! Mi novia se ha vuelto loca.
Fue cuando llegaron los polis cuando me enteré de todo lo sucedido. La chica es enfermera y trabaja a turnos, ese día una compañera le pidió que por favor se lo cambiase, así que llegó a casa cuando él no contaba con ello y encontró a su novio follando con la muñeca de la boca abierta mientras veía vídeos porno. Además de follar con otra, por muy de plástico que fuese, el muchacho aún no había cambiado la arena de su gato, aunque ella se lo llevase pidiendo desde hacía ya tres días…como el montón de besos que él le negaba. No pudo soportar que tuviese tiempo para buscar el placer en aquel esperpento de plástico y que no limpiase la arena del gato. .. Creo yo…
Le he tenido que contar todo esto porque desde aquel día se me ha metido en el corazón (en la cabeza no puedo, que si no él se enteraría) deshacerme de mi padre, y a veces me descubro toda decidida con el cañón de su escopeta apuntándome entre los ojos, justo en el lugar en el que él se duerme. Me han dicho en el hospital que usted puede ayudarme a deshacerme de mi padre sin que yo tenga que hacerme tanto daño. ¿Es cierto? Es que ya no lo soporto.
Tragué saliva, la cogí de la mano y le dije: ¡Venga conmigo! y la deposité en la silla del despacho de la psicóloga. La vieja acariciaba mis dedos mientras yo avisaba por teléfono a Luisa . - Perdone señorita, pero es que ya desde el pasillo le vi la sombra de oreja, esa tan grande que lleva puesta de sombrero...
Ella veía la sombra de mi oreja, y yo veía su sombra de niña torturada y ...su corazón de hierba.
Rumiar, rumiar, rumiar...para no perder ni un gramo de lo ingerido en diez minutos.
Así me siento yo ante las historias con las que me encuentro cada día... Intento comerlas como las vacas comen la hierba: saciando mi hambre, en ese breve tiempo que transcurre sin piedad, para luego poder rumiarlas durante largas horas con tranquilidad y paciencia.
Algunas de estas historias no tendrían que haber llegado a mí, como la que inaugura este blog. Pero he de confesaros un secreto: en mi vientre vive un imán atrapa historias... que atrae a personas que tendrían que haber entrado en otros despachos, otras aulas, otros locales sociales, otras cafeterías, otros pubs, otros supermercados u otros lo que sea.
Lo más hermoso que me han dicho en la vida me lo dijo una redera de 99 años: "Mociña, tu voz limpia mis penas como la marea arrastra las algas de la arena, ¿no te vendrías a vivir conmigo?
Ese día me negué, pero viví con ella un año, mientras preparaba una oposición que no aprobé y hasta que ella se echó novio y ...yo también, pero esa es otra historia...
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